viernes, 26 de octubre de 2012

ARTURO CARRERA: "LA INOCENCIA ES EL ARMA QUE ME QUEDA"




Con el argentino Arturo Carrera se da la deliciosa constatación de que entrar a la casa del poeta es entrar a la poesía. Esa visita del lector que antes estaba determinada por el privilegio, constituye hoy un lujo accesible. El hogar, los utensilios de escritura, las huellas del cotidiano, ofrecen, gracias a las nuevas tecnologías, placenteros instrumentos de lectura. El internauta puede hallar una sugerente invitación a los mundos del autor recorriendo su casa a través de los numerosos portales –nunca mejor dicho— de la pantalla de un ordenador. Incluso si se ha estado personalmente en su escritorio y se ha tenido la suerte de transitar por los escondites de su “taller”, su presencia puede regresar, cuando se quiera, de la memoria a la visión inmediata de un recital inédito, a la divertida invitación de sus objetos, a las sorpresas de su biblioteca, a su voz pausada, con un simple golpe de clic (no deje de acercarse al excelente reportaje de Audiovideoteca de Buenos Aires). Después de tan singular paseo, a pie o navegando, sí, urge decir que entrar a la casa de Arturo Carrera es entrar a su poesía. 

En el escritorio blanco del poeta hay una chimenea por la que desfilan una decena de juguetes antiguos. Al escuchar de cerca sus diferentes ritmos de hojalata, al divisar sus colores terrosos, su júbilo en movimiento, se inicia un mágico viaje en tren. Arturo Carrera nació en 1948 en Buenos Aires y no en Coronel Pringles –pequeña ciudad de la Provincia bonaerense donde se crió— porque su madre tuvo que acudir a la gran ciudad con algunos problemas de parto, y casi da a luz a su hijo en una sala de cine. A los tres días de su nacimiento, la familia regresó a Pringles, de ahí que él se defina pringlense, en una significativa coincidencia con la cita de Rilke –“la patria es la infancia”—  y aunque en verdad haya pasado más tiempo en la ciudad porteña. Y lo cierto es que las dos localidades que un día unieron las vías del tren, se han convertido en centros neurálgicos de la poética de este original escritor. Pues en Buenos Aires vive, allí pasa la mayor parte de su tiempo, y a la urbe atribuye muchos “momentos” de su “felicidad”. Mientras, “escribe” y “reescribe” la pampa de Pringles, a través de una riquísima reflexión poetizada que se ha convertido en un valiente ejercicio de indagación de la niñez y en una reafirmación de la vitalidad de la provincia.

De su primer viaje a Buenos Aires, recuerda en numerosas entrevistas la emoción del niño de siete años, “Arturito”, que subía por primera vez a un tren. Una experiencia que ha sabido trasladar de la imagen intensa, fragmentaria y simbólica de la niñez a su poesía más actual. Los brillantes libros La inocencia (2005) y Las cuatro estaciones (2008, 2011) son una magnífica expresión de primeras vivencias. Cigüeñas, gallos, ranas, insectos, loros, ovejas, mugidos, sonido de monedas, canciones infantiles, huellas de barro, juncos, árboles, ríos, y trenes, vivifican esa tradición de la literatura argentina que implora la poética del paisaje inconmensurable de la pampa. Esa artística de la llanura, el “vértigo horizontal” acuñado por Pierre Drieu La Rochelle, y obras clave de la literatura argentina, del Martín Fierro (1872) de José Hernández a Purple Land (1885) de William Henry Hudson, de Don segundo sombra (1926) de Ricardo Güiraldes a Radiografía de la Pampa (1937) de Ezequiel Martínez Estrada, parecen campear la elección esteparia del poeta pringlense. Y ante la “prueba de soledad en el paisaje” que con destreza desplegó su maestro de las selvas del Paraná Juan L. Ortiz, Carrera presenta un decidido y paradójico embate al aislamiento de la provincia a través de una soledad matriz, la de la infancia. Así, puede afirmarse que los poemas de La inocencia y Las cuatro estaciones atesoran una sutil reinterpretación del “very young person” de Kilpling, la experiencia primordial que “define el resto”, el “give me the first six years of a child’s and you can have the rest” (Something of Myself, 1937)

Y el resto, lo que vendría después, ondea esa búsqueda incansable de la memoria como una forma de vivencia. En efecto, el poeta argentino desarrolla una sugerente concepción poética, una estética de la infancia, en la que la evocación encarna un modo de lectura fehaciente del pasado y en la que los signos del recuerdo despuntan la hibridez e imposibilidad del lenguaje. Maestro de la escritura autobiográfica, el creador de Arturo y yo (1983, 2002) y Mi padre (1985) revela siempre con ironía, arrojo y sentido del humor, la asombrosa perplejidad de los niños. Una tendencia que reaparece en la impresionante obra Niños que nacieron peinados (2007), elaborada con el artista plástico Alfredo Prior y excelentemente editada. En ese marco de indagaciones acerca del “destino privilegiado” del niño y de su idioma en construcción, ha confesado que la poesía prospera en la experiencia de la inmediatez conectándose con el caudal de sensaciones que acoge la infancia. Porque “escribir” –sugerirá citando a Gilles Deleuze en Las cuatro estaciones implica un “devenir niño” que ya no significa ir a la infancia de alguien, sino “ir hacia una infancia del mundo”.

En efecto, hacia el mundo en que se inscribe, exige ser leída la poesía que afortunadamente no termina en los libros, que quizás allí sólo comienza. Como pocas poéticas actuales, Carrera descubre, con inusual lucidez, que el arte es una herramienta de intervención en la realidad y un instrumento de vinculación de lo global con lo local. En la pequeña ciudad de sus primeros años, ha dado vida junto a sus mejores amigos –el también escritor pringlense César Aira, los pintores Alfredo Prior y Juan José Cambre, y su esposa Chiquita Gramajo— a un proyecto dinámico e innovador cuyo eje principal descansa en el arte. “Estación Pringles” recoge su nombre de una antigua estación ferroviaria y a su vez titula los poemas de la tercera sección del libro Las cuatro estaciones. Precisamente, mientras trabajaba en ese texto, se “encontró” con la estación de su infancia, un hallazgo que pasó de la música misteriosa del poema a una valiente acción en la realidad: la recuperación de la estación “por (y para) el arte y por (y para) el pueblo”. Una intervención que el crítico Daniel Link ve como un “descentramiento pero, sobre todo, una forma de hacer política”.
La imaginación, el trabajo y la ilusión de Arturo Carrera han dado frutos admirables e inesperados. “Estación Pringles” alberga hoy un centro cultural, una residencia de artistas y traductores, un espacio multidisciplinario, y  según la definición de sus creadores, un “centro de utopías realizables en la pampa húmeda”. El interesante proyecto piensa la localización urbana como “fijación efímera, territorio musical y realidad política compleja” a la que ofrece una “posta poética”, un lugar donde tienen cabida muy diversas prácticas estéticas con el objetivo común de materializar lo reticular, la producción artística en red, el diálogo artístico y social que ha dado la vuelta a la triste circunstancia de una vieja estación abandonada.

Con esta sugerente propuesta, el poeta “ha regresado” a la localidad de su infancia, inmerso en la paradoja de haber partido de ella hacia su ciudad natal, Buenos Aires, cuando cumplía dieciocho años y la metrópoli se le descubría “única y maravillosa”. En la capital, la que hoy constituye “una presencia de la que no puede desprenderse”, hacia 1968, comenzó una activa vida literaria unida a grandes referentes de la literatura contemporánea argentina: Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Néstor Perlongher, entre otros, acompañaron las múltiples facetas de este intrépido escritor, que se atrevía por igual con la pintura abstracta, las compañías teatrales y la performance poética. Justamente será Pizarnik la encargada de darle un empujón a su primer libro, Escrito con un nictógrafo (1972), del que circula una reedición exquisita de 2005 junto a un CD en el que puede escucharse una lectura de un fragmento en la voz de la gran poeta argentina, siendo ésta la única grabación que existe de la autora. El poemario, de páginas negras y tinta blanca, profundamente vanguardista —“neodadaísta” según César Aira— y teatral en el sentido que da Roland Barthes a la idea de “teatralizar” “limitando el lenguaje”, aparece maravillosamente prologado por el cubano Severo Sarduy, e invoca con prodigiosa soltura otra de sus grandes indagaciones poéticas: la polaridad luz/oscuridad.
Tomando el término “nictógrafo” de la máquina con la que Lewis Carroll decía haber logrado “escribir” en la oscuridad, el autor conquista un balance perfecto entre la explosión de la claridad y el continuum de la oscuridad, llamando la atención sobre la centralidad de la escritura como engranaje de los dos polos. A este respecto, resultan muy ilustradoras sus entrevistas, en las que suele contar, en tono relajado y lúdico, que inicia sus cuadernos “por los dos lados”, “principio” y “fin”, de manera que la escritura “termina siempre en el centro”: “EL POEMA SE ABRE” y así, “la negra tinta se viste con el blanco papel” como “la noche se viste con la luz de su lámpara/ (BEN BURD EL NIETO, Del secretario cordobés)”. Una inquietante aspiración que trabaja con la sensualidad, la incertidumbre, y la asimetría del lenguaje, y que provocará “el uso de la tinta como noche y viceversa. La tinta como semen”.
Estas expresiones anidan, con más o menos nitidez, en La banda oscura de Alejandro (1993, 1994, 1996), y sobre todo, en una de las más bellas producciones del argentino: Noche y día (2005). Un poemario en el que regresa a la polaridad de juventud con la cálida madurez de quien ansía para sus libros una “certidumbre que provenga, como el instante de una noche o de un día, de la epifanía de un signo o de un puñado de signos”. El carpe diem de Horacio, Las mil y una noches, el carpe noctem de Luciano, la “erótica pregunta sobre la noche del alma” de san Juan y santa Teresa, “las horas de luz” que Borges buscaba en la oscuridad de su ceguera, son utilizados como símbolos y visitaciones con los que “practicar como un niño el verbo carpere”. 

Estos y otros referentes imprescindibles de la literatura universal, de la crítica literaria, de la filosofía, psicología, música, arte y astronomía, se encuentran entre las excelentes vistas que ofrecen los anaqueles de su blanca biblioteca. Juan L. Ortiz, Alberto Girri, Oliverio Girondo, José Lezama Lima, Yves Bonnefoy, Yeats, poéticas recientes de muy diversas latitudes, y la larga nómina de grandes autores que traduce –Mallarmé, Henri Michaux, Haroldo de Campos, John Ashbery, Pasolini— completan las bibliografías que colorean su también blanca mesa de trabajo. Esta riqueza, curiosidad y versatilidad le han valido la producción de una interesante obra como ensayista (Nacen los otros, 1993 y Ensayos murmurados, 2009), como antólogo (Monstruos, Antología de la joven poesía argentina, 2001) y como dramaturgo (Telones zurcidos para títeres con himen, 1988 y Palacio de los aplausos (o el suelo del sentido), 2002, en colaboración con Osvaldo Lamborguini). 

Con los años, Carrera ha logrado una obra cuya originalidad, hondura y compromiso, lo convierten en uno de los poetas más destacados de la poesía latinoamericana actual. Por ello, resulta inexplicable que un proyecto artístico tan excepcional sea poco conocido en España. Pero todo parece indicar que el 2012 será un buen año para poner remedio a este vacío, pues el Centro de Ediciones de Málaga en su “Colección Puerta del mar”, prepara una antología del fascinante escritor. Vigilámbulo, con textos delicadamente seleccionados por su autor, espera aparecer en los próximos meses con un excelente prólogo de Olvido García Valdés, y ya se percibe –el “vigilámbulo” lo permite— que invitará al descubrimiento de ese mundo poético que, en un gesto de absoluta intuición y generosidad, regala siempre su identificación con el lector.
Tratado de las sensaciones (2002) y Potlach (2010) son los otros dos títulos que pueden rastrearse entre sus ediciones españolas. El último, de rabiosa actualidad, fue publicado en Argentina en el año 2004, en plena crisis del corralito. Entusiasmaron su indagación acerca del dinero, la fuerte vinculación con la historia y la realidad de su país, y su fórmula imprevista. El texto, que rescata el título de la incitante práctica con la que los pueblos indios del Pacífico del noroeste de Norteamérica “derrochan” sus riquezas regalándolas o destruyéndolas para mostrar su superioridad, establece un paralelismo inesperado entre poesía, infancia y dinero.
Con un vuelo que recuerda a la poética conceptista del “don dinero” quevediano, en este arriesgado poemario, monedas y billetes se presentan como “dones” escleróticos, “pega-pegas” del valor, llevados a “un apagón de sentido”, la infancia, a través de otro gasto, el de “la creación por la pérdida”, el del acto de escribir. Si dinero y poesía responden cada cual a una silueta diversa del consumo, el “oro” de la infancia, “el tiempo imprevisible de los niños”, equilibra esa fórmula de indiscutible novedad al aportar una sincera indagación acerca del deseo. El resultado es la revelación del presente más inmediato, el balance de una fuerte desigualdad, un desajuste para el que la poesía –“inequidad metafórica”—  propone un radical cambio de sentido, la aceptación de lo imprevisible y la liberación de toda flexibilidad. Como niños, de manera instintiva y desinteresada, los poemas de Potlach, descubren una verdad profundamente crítica y actual, de la que urge aprender: “todos los remordimientos/ son esa monedita trucha que le da./ Que todo el dinero del mundo/ es su mentira que le entrega./ Que toda la falsedad de la Tierra cabe/ en nuestro dolor, en la mísera alegría/ de ese instante sin rencor”.
El escritorio del autor de La partera canta (1982), El vespertillo de las parcas (1997), Fotos imaginarias con nieve de verdad (2008), Fastos (2010) y otros tantos tesoros, es completamente blanco. Paredes, chimenea, anaqueles, mesa y ordenador exponen, radiantes, el tono de la nieve. Negro es sin embargo el sofá desde el que saluda el poeta y la tinta con la que reescribe a Kierkegaard: “la inocencia es el arma que me queda”. 


Artículo publicado en Cuadernos Hispanoamericanos (2012), 742, pp. 33-39.

3 comentarios:

  1. Hola Sonia,

    Me gustas tu articulo. Es un sumario justo a la obra de un gran poeta como Arturo Carrera. Al respecto, estaba viendo que te llama la atencion el orientalismo. En este momento estoy trabajando precisamente mi tesis doctoral en Estados Unidos acerca de ese tema visto en la poesia argentina contemporanea.Razon por la que planeo visitar tu pais en un futuro muy cercano.

    Me gustaria intercambiar informacion contigo. Solo haz en click en mi nombre y hallaras mi direccion de correo electronico.

    PD: lamento la falta de acentos pero es un teclado americano.




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  2. Gracias, Andrea, sí me he especializado en orientalismo en la literatura hispana. Encantada de verte cuando vengas. Un abrazo y enhorabuena por tu tema de tesis.

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